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Lorenzo Fluxà, empresario zapatero creador de Camper: «Voy por todas partes mirando pies»


Entrevista realizada por Víctor M. Amela para La VanguardiaCuando llega a casa, ¿se quita los zapatos? – Sí, y me pongo unas zapatillas. Unas zapatillas de paño que uso ¡hace más de 30 años! – Mal se ganaría usted la vida si los zapatos durasen tanto… – Ya, pero unos tres años sí debieran durar. ¡Lo que me parece absurdo es tener que sacar cada seis meses una nueva colección! Lorenzo Fluxà. ¿Y por qué lo hacen, usted y todos? – Por una dinámica de mercado muy estúpida: la dinámica del cambio constante, del usar y tirar. Se sacrifica todo a la estética. A mí me gustaría poder trabajar más cada modelo, darle más calidad, perfeccionarlo… – ¿Recuerda usted los primeros zapatos que calzó siendo niño? – Sí. Me los hacía mi padre, a medida: recuerdo las cosquillas del lápiz contorneando mi pie para dibujar la planta del zapato. – ¿Su padre ya era zapatero? – Sí. Y también mi abuelo, Antoni Fluxá Figuerola, considerado el fundador de la industria del calzado en las Baleares, allá por el año 1877. – ¿Y siempre aquí, en Inca? – Sí. Mi abuelo tuvo la visión de agrupar a varios zapateros artesanos de la comarca y de importar maquinaria británica hasta aquí. Luego, en 1929, fue mi padre quien se puso al frente de la empresa, Lotusse. – Y luego, usted. – No, mi hermano. Y mi otro hermano se encargó de la agencia de viajes Iberia, que mi padre compró en 1957. Yo… yo quería un cambio estético: «Si la gente se pone tejanos, ¿por qué no va a ponerse otro tipo de zapatos?», me preguntaba. Estábamos a mediados de los años 70. – Le parecían anticuados los zapatos que fabricaba su familia, vaya. – Bueno, es un zapato clásico. Un zapato de vestir, de prestigio. Tiene su utilidad. Es un zapato válido para bodas, bautizos, comuniones… – Entendido. ¿Y qué decidió hacer usted? – Lancé un zapato campesino, campero («camper», en mallorquín): suela de goma de neumático y tela de lona y piel. Ese zapato es el que daría nombre a mi marca propia. – ¿No han venido los campesinos a reclamarle derechos? – Ja, ja… No. Es un modelo tradicional. Cuando yo era niño, mi padre ya nos llevaba a mis hermanos y a mí a un zapatero artesano para que nos hiciera un par cada verano. – En sus recuerdos de infancia siempre aparecen zapatos… – Sí. Salía de la escuela y me iba a buscar a mi padre a la fábrica, al lado de casa. Todo a 200 metros. El recuerdo más fuerte es el del olor de la piel de los zapatos. Jugaba con las cajas, con trozos de cuero, rodillos de hilo… – Volvamos a su zapato campesino. – Bien: fue un zapatero artesano, también, el que me ayudó a fabricar el primer par. – ¿Para quién fue ese primer par? – Para mi hijo, que tenía 4 o 5 años, y los conservo en mi despacho, mírelos. Tienen más de 20 años… Hoy exportamos zapatos fuera de España, pero ha costado mucho. – ¿Por qué? El zapato español tiene fama… – Ahora sí. Pero hace 20 años, en las ferias, miraban nuestros modelos con interés… y preguntaban: «¿Cuántas liras cuesta?», convencidos de que eran zapatos italianos. – Y cuando les daba el precio en pesetas… – Me tiraban el zapato a la cara. No se lo creían. ¡Pensaban que era una copia, una falsificación! ¿Quiere ver una cosa? – Usted dirá. – Venga, entre aquí. Mire. – Muchos zapatos. – Falsificaciones. Tenemos un equipo de gente cuya misión es descubrir las continuas copias de modelos nuestros. – Buena señal, ¿no? – Cuando pienso que, al principio, las tiendas de zapatos no querían exhibir nuestros modelos… Lo hacían algunas como un favor, por amistad con mi padre. Gentes del mundo de la ropa sí me entendieron enseguida. Pero le diré que a partir de 1992 noté muchísimo que en el extranjero crecía el respeto hacia nuestros diseños: estoy seguro de que los Juegos de Barcelona ayudaron lo suyo. – ¿Puede usted distinguir a las personas por sus zapatos? – Sí. Me gusta ir todo el día mirando pies. Me ayuda a identificar el perfil de cada per-sona. – ¿Y en qué tipo de pies le gusta ver calzados sus modelos?– En los de gente joven y culta. Pero hay sorpresas: he visto a la mujer de Chirac con unos zapatos míos, a un anciano centenario en India (¿cómo llegaron allá esos zapatos?) y a un monje con sotana y Camper. – ¿Qué debe tener un zapato, en su opinión? – Sobre todo ser confortable, saludable. Y, además, producir satisfacción estética. Hay otra cosa: me gusta pensar que mis zapatos llevan el Mediterráneo consigo cuando llegan a París o Londres. – Muy telúrico. – Me siento muy pegado a la tierra, a Mallorca, a esta isla, que es un lugar maravilloso. A mí me gusta el zapato humilde, el que toca de pies a tierra. – ¿Y que me dice del tacón alto, del «glamour»…? – Yo soy de izquierdas: el «glamour», la pasarela… todo eso me repele. Estoy en contra. – Pero el zapato genera mucho fetichismo. – Es verdad, e incluso Freud lo relacionó con el subconsciente sexual: el pie podría ser el pene de la mujer… Calzar el pie en un zapato, un remedo de la penetración… – Vaya… – Mejor me callo: ¡zapatero, a tus zapatos!

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